martes, 19 de julio de 2011

Chistes de Armando Fuentes Aguirre (CATON)

1.- La Flor
Sucedió que la señora de la casa hizo un viaje. Quedaron solos, pues, el marido de la mujer y la criadita. Él era hombre rijoso, quiero decir salaz, intemperante, lúbrico; proclive a las concupiscencias de la carne. Ella era una muchachita ingenua y cándida; una sencilla virgen campirana a quien los duros rigores de la vida habían arrebatado de su pueblo para llevarla a servir en la ciudad.

 

Era muy linda; tenía una belleza montaraz que su inocencia hacía aún más grande. Morena era su faz; verdes sus ojos; sus labios una incitante poma; su cuello parecía de gacela; sus turgentes senos formaban dos armoniosas cúpulas (déjenme contar otra vez. Sí, dos) que se erguían bajo el albor de la escotada blusa; su grupa era como de potra joven que corre por el campo con su hermosura a cuestas; tenía piernas firmes y torneadas... (Nota de la redacción. Nuestro estimado colaborador se extiende más en la erótica descripción del cuerpo de la joven. No sabemos si lo hace también para llenar espacio, pero interrumpimos esa descripción porque está causando efectos peligrosos en el corrector que revisa esto).

 

El caso es que el deseo y la soledad se conjuraron, y el jefe de la casa hizo a la muchachita objeto de su lujuria de varón. La poseyó; le arrebató por fuerza la gala de su doncellez. Al día siguiente sintió remordimiento por su villana acción. Fue hacia la humilde joven y le dijo: “Marilita: Perdóname por lo que anoche sucedió. Te pido que me entiendas: soy hombre; no está mi esposa; tú eres linda... No pude resistir la tentación. Te suplico que no le digas nada a nadie, y a la señora menos. Estoy dispuesto a premiar con generosidad tu discreción. Dime:

 

¿Qué puedo darte a cambio de lo que te quité?”.

 

Marilita, bajando la cabeza mansamente, respondió; “Quiero una flor”. Pensó el sujeto, conmovido: “¡Ah, inocencia angelical! ¡Qué sencillo candor; cuánta pureza! He aquí que yo deshojo la flor de su virginidad, y ella me pide a cambio otra flor. ¡Bendita ingenuidad de nuestras etnias nacionales, no contaminadas aún por los engaños y falacias de la sociedad!”.

 

Pensó todo eso el hombre, emocionado, y luego, con voz tierna, le dijo a la criadita. “Está bien, Marilita. Te daré una flor. Dime: ¿Qué flor quieres?”. Respondió la muchacha: “Una Flor Explorer, como la de la siñora”...

 

 

2.- Un hombre joven acudió a la consulta de un urólogo. Le dijo: “Doctor: cuando era soltero embaracé a tres chicas. Ahora soy casado, y en tres años de matrimonio no he logrado aún embarazar a mi mujer”. Le indica el facultativo: “La explicación es sencilla. Usted es de los animales que no se reproducen en cautividad”.

3.- El encargado del censo le pidió a la señora que le dijera su edad. “Déjeme ver -responde ella-. Cuando me casé yo tenía 18 años, y mi marido 30. Ahora él tiene 60 años, o sea el doble de la edad que tenía entonces. Eso quiere decir que yo tengo 36″.

4.- El hombre que quiso ser mujer por un dia.- 
Voy a narrar el cuento de un hombre que quiso ser mujer. Le parecía injusto tener que salir a trabajar mientras su esposa se quedaba en casa. 
¿Cómo era posible, decía en su frustración, que él afrontara cada día las fatigas de su empleo, en tanto que ella permanecía muy quitada de la pena en el cálido abrigo del hogar, tomando cafecito, charlando con sus amigas por teléfono y disfrutando la compañía de los hijos?
Así, una noche el personaje de mi cuento se puso de rodillas y le pidió a Dios que cambiara los papeles: que convirtiera a su esposa en el hombre de la casa, y a él lo transformara en la mujer. Eso de pedir milagros tiene sus peligros: se nos pueden conceder. Dios escuchó el insólito ruego del sujeto, y accedió a su petición. Lo convirtió en mujer; y a su esposa la volvió hombre. Él se dispuso, feliz, a disfrutar las delicias de la casa. Pero al despertar hecho mujer tuvo que levantarse a preparar el desayuno de su esposo, que seguía durmiendo plácidamente.

Luego debió despertar a los niños, y ayudarlos a vestirse, y prepararles el lonche de la escuela. Le sirvió el desayuno a su marido, y escuchó la queja diaria: "Siempre lo mismo". 
Cuando el hombre se fue, tuvo que lavar los platos, tender las camas, recoger la ropa de su esposo y sus hijos, tirada por el piso en todas partes, echarla a la lavadora; y luego aspirar los pisos, lavar las ventanas y sacar la basura. 
Se iba a tomar un cafecito, pero pensó en todo lo que tenía que hacer, y después de bañarse, vestirse y arreglarse apresuradamente salió a la calle, no sin antes dejar ya hecha la comida. Fue al banco; a la tintorería; a pagar los recibos del agua, el teléfono y la luz.
También fue al súper a surtir la despensa. Cuando se dio cuenta, había llegado la hora de recoger a los niños en la escuela. Les dio de comer, los organizó para que hicieran la tarea, y luego de comer ella, mal y de prisa, los llevó a sus clases: de karate, de inglés, de danza. Luego volvió a la casa, y se puso a planchar y a disponer la cena. 
Regresó su marido, malhumorado como siempre, y tuvo que oír sus quejas sobre el trabajo, el tránsito en las calles, los niños, todo. Supervisó el baño de los hijos; les dio de cenar junto al marido; luego los acostó después de obligarlos casi por fuerza a dejar de sus juegos electrónicos.
Mientras tanto su esposo veía plácidamente en la tele un partido de fútbol, al tiempo que se tomaba una cerveza, y otra, y otra. 
Eran las 10 ya de la noche cuando preparó la ropa de los niños y el marido para el día siguiente. Después, muerta de fatiga, se acostó a dormir. Pero apenas había cerrado los ojos cuando entró él en la recámara. Se desvistió, y se acercó a ella. 
Animado por las copiosas libaciones traía obvios deseos de erotismo. La mujer estaba muerta de cansancio, pero hubo de avenirse a la demanda del marido, e hizo el amor con él fingiendo raptos pasionales. 
Al día siguiente, cuando se vio sola en la casa, se puso de rodillas, y con inmensa devoción se dirigió al Señor: "¡Dios mío! ¡Estaba equivocado! Las tareas de la mujer en la casa son más fatigosas que cualquier trabajo de hombre. ¡Perdona mi error, te lo suplico! ¡Haz que vuelva yo a ser hombre, y que mi esposa vuelva a ser mujer!". 
"Hijo mío -le respondió el Señor-. Me alegra ver que has aprendido tu lección. Espero que en adelante aprecies más el esfuerzo y trabajo de tu esposa, su valer y sus méritos. Volveré a convertirte en hombre. Pero tendrás que esperar nueve meses. Anoche quedaste embarazado"... Sirva esta columnejilla de hoy para hacer reflexionar a algunos hombres que no saben reconocer a sus esposas, ni dan importancia a lo que la mujer hace en la casa en bien de su marido y de sus hijos.

 

5.- Un señor de 70 años casó con una muchacha de 20. Al empezar la noche de bodas le dice a la desposada: "Quizá tendré algunos problemas por causa de mi edad. Te pido comprensión". Responde ella: "No te inquietes, mi vida. Lo que en verdad importa no es el sexo: es el amor". A pesar de lo dicho el recién casado procedió a hacerle el amor cumplidamente a su flamante mujercita. Media hora después repitió el acto connubial. Y no había pasado una hora cuando de nueva cuenta hizo obra de varón. Luego los dos se quedaron dormidos. Pero poco después él despertó a la chica para hacerle una nueva demostración erótica. La agotada muchacha exclama con asombro: "¡Pero, mi vida! ¡Ya me hiciste el amor tres veces antes!". "¿Lo ves? -responde tristemente el veterano-. Te dije que tendría problemas por mi edad. ¡Las cosas se me olvidan!"..

6.- Una muchacha regresó a su casa al terminar su primer semestre en una universidad del extranjero. Le hizo una confesión a su mamá: "Perdí mi virginidad". "Bueno -responde la madre, comprensiva-. Eso tenía que suceder tarde o temprano. Espero que haya sido una experiencia romántica y placentera". Contesta la muchacha: "Con los primeros seis muchachos, sí. Pero después del séptimo empecé a aburrirme"...


7.- Después de haber estado un año entero de servicio en ultramar, aquel marino pudo por fin ir a su casa. Llegó a las 7 de la mañana, y su esposa y su hijo adolescente fueron por él al puerto. En el trayecto a casa dijo el recién llegado: “PC”. “No -respondió su esposa-. PD”. “PC” -repitió él. “No -insistió la señora-. PD”. El muchacho intrigado, les pregunta: “¿Qué significa eso de ‘PC’, ‘PD’?”. Contesta el marinero: “Tu mamá quiere que primero desayunemos”.

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